Expongo lo que va a ser mi merienda en un taper sagrado y cuando las miradas lo perciben siento humillación. Una sensación similar a la de contemplar como un millar de niños matan un gato a patadas y abandonan la materia en el descampado. La masa obrera mira y admira mi comida como si fuera la Sábana Santa para descubrir que es la compresa usada de Dios. Y no puedo esconder la lombarda, que dentro de poco devoraré, ni la vergüenza cuando los espectadores murmullan:
"Es una pasta morada. Un color así como eclesiástico..."
Mmm que cantidad de ideas fluyen por mis sesos cuando me dicen esto. Imagino monjes comiendo lombarda mientras escriben una oda a la castidad para rezar y darse bien por el culo. Y entonces le pregunto a la realidad:
¿Cuál fue el momento cumbre de nuestra relación?
¿Cuando acabaste conmigo o cuando te desintegré?
¿Cuando acabaste conmigo o cuando te desintegré?
Pero silencio, los supervolcanes duermen con un ojo abierto y me dicen que el principio de lo terrible es una cereza descomunal y el final es la muerte de los mundos. La criatura que hemos sacado de la peor de las madrigueras se exhibe para ejecutar el espectáculo. Es el comienzo de lo tremendo y cada transexual del planeta tiene algo que decir mientras busca su color de pelo perfecto. Es inevitable tragarse todas las parábolas para cuando llegue el momento, escupir el hueso de la cereza lo más lejos posible de nuestros cerebros de mono...
